Algunas son las tardes en las que no me importa ir en tren, mezclarme con esas personas tan dispares ; hay jóvenes, viejos, ricos, pobres, silenciosos, desgraciados, escandalosos, aburridos, dormilones, amantes, observadores del paisaje.
Vienen solos, en pareja, en familia, y son curiosos, o andan muy ocupados, piratas y bandidos.
Recuerdo frías mañanas en las que ni siquiera había salido el sol. Estábamos allí, perezosos, frioleros, casi arrancados de nuestra cómoda madriguera y sentados en el tibio vagón.
Ahora se hace pronto de noche, los adoradores del paisaje giran sus caras, porque por el cristal solo puedes ver tu reflejo, cientos de luces y una extraña oscuridad.



