En pleno crepúsculo, inundado de la energia de la improbabilidad, tuve la afortunada casualidad de recibir una invitación para la fiesta. Debajo de la luna demente te pedí un beso, mientras un gato amargo de brillantes articulaciones hacia oidos ciegos a mis acciones. Entonces recité aquellas matemáticas perversas, brilló a la luz de la luna la silla de plástico provocativo y descubrí mi corazón como una máquina melancólica… menuda punzada de desesperación…



