… de un día para otro se volvió una persona austera y huraña. No volvió a subir las persianas a partir de aquel fatídico fin de semana. Consiguió que fuera de noche eternamente.
Desconectó el teléfono, clavó las puertas y se atrincheró en la habitación que más segura le pareció. Al no tener con quien hablar, dejó de sonreír. No había a quien mirar a los ojos, a quien tocar, a quien, a quien … a nadie.
Logró quedarse tan sola que por fin olvidó que era la soledad. Y excabó un agujero en si misma tan hondo que logró verse por dentro. Pero no habia a nadie a quien contarselo, cosa que tampoco le importó demasiado…



