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(Extraído del diario de la niña cazamariposas)

Hoy me ha vuelto a mirar con desprecio. Maldito arco iris. Todo lo que hay en este espantoso lugar me recuerda y reprocha mi fealdad de mortal.
Ni siquiera cuando duermo y sueño salgo de aquí, es como no dormir. Caminar por aquí solo me produce efectos desagradables, todo es tan colorido que me ciega, los colores parecen abominablemente  saturados, orgullosos de su existencia.
No puedo hablar con nadie, solo me rodean peces y pájaros. Y menudos son. Los pájaros cantan a lo lejos, hasta que me acerco. Entonces se callan y empiezan a susurrarse unos a otros y a mirarme con sus pequeños ojos inquisidores. Nunca voy a saber que es lo que dicen en su maldito lenguaje de pájaros… Y lo de los peces es peor, porque no dicen nada. Solo me observan con sus redondos y plateados ojos y se marchan si me acerco demasiado. Ni siquiera mis zapatos suenan en la hierba. En este lugar sol  no calienta, solo abrasa mi piel.

Y el olor, mejor dicho la falta de olor.

Las flores. Estoy rodeada de ellas, todas de una hermosura insultante, pero ni estas ni las doradas bestias que sé que se ocultan desprenden ningún olor. Ni el río. Solo corre silencioso y oscuro. De un profundo verde esmeralda. Porque negro no es. He observado que el negro aquí no existe, ni el negro ni el gris.

Hay una criatura, la más insultante de todas, la más silenciosa y escurridiza , la que más furiosa me pone.

Desesperada, persigo a las mariposas, y cuando cazo alguna invento canciones, sobre paisajes oníricos, sobre montañas inescalables y sobre lo sola y triste que me encuentro.

 
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