“Jane descubrió cierto día que mucho más gratificante que ir follándose a trozos de carne por ahí era follarse cerebros. Solo los profanos en la materia y los perros hacían lo primero.
Cuando salia y se encontraba con alguien lo primero que deseaba follarse era su cuerpo. Ya fuera joven , viejo, terso, bronceado, alto, bajo… eso es todo lo que podía percibir y le resultaba secundario.
Pasados unos minutos era capaz de vislumbrar parte del cerebro a través de la mirada. Su hambre podía aumentar si se adivinaba algo interesante. O disminuir automáticamente, no importaba lo suculento que le había parecido en un primer instante aquel bocado.
Pero aún no había acabado el acercamiento. Contra más conocía un cerebro mayor era su deseo, siempre que este alcanzara sus altas expectativas.
Cuando en raras ocasiones su cuerpo llegaba a tocarse con otro casi le molestaba, era más un complemento que la diversión en si. Era muchisimo más interesante la charla que precedia al acto, o el juego que su cerebro se llevaba entre manos mientras el encuentro sucedia.”



