Me la encontré una mañana,
se sentó frente mio
y empezó a desenmarañar su pelo
con bastante brutalidad,
mientras este, de naturaleza indomable
luchaba por seguir amarrado a su cabeza.
Aquella que jamás tuvo un trono,
que tuvo que abandonar sus tierras,
comenzó a gritar y ocultó el rostro.
Primero no supe si lloraba o reía,
era incapaz de entender ni una sola palabra
que susurraba, repetía y gritaba.
Era el canto por algo perdido,
tan grande que lo sentí como propio.
Todo me pareció débil y perecedero,
pero como de costumbre
yo me bajé en mi parada.



